Yold en serio. En recuerdo de la gran actriz, que tantas veces nos hizo reír y tan tristemente ha acabado su vida

La enferma lapidada por una sociedad mucho más enferma

 

Inés Almendros
14 diciembre, 2021

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Las generaciones Yold hemos crecido con Verónica Forqué. A lo largo de las décadas, pocas personas transmitieron tanto equilibrio y serenidad. Por eso, era bastante obvio que la última Verónica, la del reality, no era ella misma, que su luz interior había sido devorada por la enfermedad mental. Pero, peor aún que comprobar su propia angustia, ha sido asistir al linchamiento posterior que sufría en las redes sociales. La pregunta es: ¿Quién está más enfermo, el enfermo en sí, o la sociedad que machaca, humilla, persigue y lapida a quien sufre una dolencia mental?

Pocas miradas eran tan luminosas como la de la Verónica Forqué, una de las glorias de nuestro cine y teatro, con la que las generaciones yold hemos crecido y aprendido, admirando sus papeles, su presencia suave y etérea, que nos ha hecho tantas veces sonreír. Pocas personas en el universo de las celebrities, transmitían, a través de sus palabras, sus entrevistas, sus apariciones en público, tanto equilibrio, humor, luz y serenidad… En décadas de trabajo delante del público, Verónica ni una vez se mostró enfadada, tensa, contrariada o angustiada. Justo, y más bien, todo lo contrario: era una especie de ser de luz en el mar tormentoso, rocambolesco y complejo del mundo de la farándula. Ahora sabemos que, como tantas veces pasa, la procesión iba por dentro.

La mujer que estaba detrás de aquellos inolvidables ojos azules, no era ella misma; que estaba cambiada, que algo le sucedía; que estaba mal, muy mal.

En casa -hay que reconocerlo- somos seguidores del famoso reality  de cocina, MasterChef. La aparición de Verónica en la última edición (junto con otra grande de nuestras pantallas, Victoria Abril) parecía un buen reclamo, entre otras cosas, por el carácter tranquilo y amigable que siempre había desprendido la actriz. Por eso, no fue nada difícil suponer que, en esta ocasión, la mujer que estaba detrás de aquellos inolvidables ojos azules, no era ella misma; que estaba cambiada, que algo le sucedía; que estaba mal, muy mal.

Durante las semanas en las que duró su participación en el programa, la eterna serenidad de Verónica se había trasformado en irritación y angustia. La luz de sus ojos reflejaba miedo y oscuridad. Su equilibrio dialéctico ahora era inestabilidad, inseguridad, tensión y agresividad. Desde luego, no había que ser un lince para detectar que nuestra Verónica Forqué -mito de nuestro teatro y cine- estaba sufriendo algún tipo de dolencia mental. Para nosotros fue tan duro observar aquello, que dejamos de seguir el programa; pensábamos -sin saberlo del todo entonces- que había algo impúdico en asistir a sus extravagancias, en escuchar el tono semi-jocoso con que la producción difundía sus arrebatos, incluso en las redes sociales del programa. Nos parecía cruel y demoledor que se hicieran anuncios con sus escenas más morbosas, para multiplicar la audiencia. En todo este show, hubo quienes estuvieron a la altura, y fueron precisamente los compañeros del programa, los mismos concursantes, que lidiaron momentos muy difíciles con ella, mostrando un verdadero ejemplo de paciencia y saber estar. A ellos, enhorabuena.

Suponemos que buena parte de estas demoledoras críticas llegarían hacia la propia actriz, máxime teniendo en cuenta que muchas se escribieron en sus propios perfiles personales.

Que le corten la cabeza…
Pero, con todo lo doloroso que suponía ver a una gloria como Verónica, encerrada entre sus propios demonios mentales, lo peor no era eso. Lo peor era asistir, durante y después de cada episodio, al linchamiento mediático posterior, cuando las redes sociales de toda España ardían, echaban fuego contra la actriz y su comportamiento. Twitter, Facebook, Instagram: las plataformas digitales mostraban cientos de miles de insultos, a cuál más cruel y vergonzante, contra el comportamiento claramente enfermo de la actriz. Post llenos de ira, carentes del más mínimo escrúpulo, chorreantes de vísceras en lo que, lo mejor, lo más amable que se podía leer es que Verónica “tenía que ir al frenopático”.  Pese a que gran parte de los psicólogos de sofá reconocían que la actriz padecía algún problema, no por ello escatimaban los insultos y los malos deseos hacia ella, mostrando una desgraciada realidad: que nuestra sociedad sigue culpabilizando, estigmatizando y odiando a quien, simplemente, sufre una enfermedad mental.

¡Que la corten la cabeza, que la corten la cabeza! Clamaba, días tras día, después de cada episodio, el pueblo televisero reclamando su derecho a la venganza, el escarnio, el linchamiento mediático, la humillación y la tortura del chivo expiatorio del momento. Daba igual que el chivo expiatorio fuese una mujer claramente vulnerable y en el peor de sus momentos; daba igual que estuviera dando muestras de que había perdido la razón. Si la productora del programa hubiera colocado una guillotina en las cocinas del reality, muchos hubieran disfrutado y pataleado, viendo la cabeza de Verónica rodando, ensangrentada, bajo los zapatos de los ilustres chefs.

Hemos leído, en estas semanas, comentarios demoledores, de todos los tipos. No solo en las opiniones personales, sino en algunos medios, también hemos llegado a leer que Verónica Forqué había hundido su imagen personal, y toda su carrera de años, con estas “malas formas” mostradas en el programa. Suponemos que -al igual que llegaron hasta nosotros- buena parte de estas demoledoras críticas llegarían hacia la propia actriz, máxime teniendo en cuenta que muchas se escribieron en sus propios perfiles personales. Tampoco hay que ser un genio de la psicología para calibrar cómo debía de caer este linchamiento en la cabeza de alguien que ya de por sí anda sumida en la enfermedad y en la oscuridad. ¿Qué debió pensar cuando leyó que, toda su anterior carrera ya no valía para nada? Lo que ahora importaba, según estas eruditas opiniones, era que los nervios le habían jugado una mala pasada frente a las cámaras de televisión.

La enfermedad de una sociedad
Hoy sabemos -el tiempo nos ha dado dramáticamente la razón- que nada de lo que vimos en el programa estuvo bien hecho; que un problema, como el que claramente mostraba la actriz, se tuvo que gestionar de otra manera.

¿Acaso los responsables del reality hubieran dejado que alguien sin piernas, ni silla de ruedas, trepase sin ayuda por las cocinas para cocinar un maldito pollo asado? ¿Hubieran hecho caja con las lágrimas y el esfuerzo de una persona lisiada?

Un problema, como el que claramente mostraba la actriz, se tuvo que gestionar de otra manera.

¿Acaso los televidentes que insultaban a Verónica hubieran clamado su ira contra un enfermo de cáncer, porque este hubiera vomitado bilis sobre las esferificaciones de mascarpone y beluga, después de una quimioterapia?

¿Por qué nadie de la productora tuvo la capacidad de visionar algo tan claro como que el comportamiento de Verónica Forqué encerraba una enfermedad?  ¿Es tan difícil detectar un comportamiento claramente distorsionado, y más cuando lo realiza una persona que -precisamente- siempre se ha caracterizado por su tranquilidad? ¿O es simplemente que no queremos detectarlo, porque seguimos sin identificar el desequilibrio con una enfermedad? En ese caso, ¿quién está más enfermo, el enfermo en sí, o la sociedad que machaca, humilla, persigue y lapida a quien sufre una dolencia mental?

Estamos seguros de que muchas de las personas que volcaron su rabia contra Verónica en las redes sociales, hoy se sentirán mal, muy mal. Y francamente, nos alegramos de que sea así: esperamos que, al menos, este caso sirva a muchos para reflexionar.

Nos quedamos con la frase que la actriz Candela Peña escribía en su Instagram:

“Cada persona que ves está luchando una batalla de la que tú no sabes nada, sé amable siempre”.

Nos quedamos también con la mirada precisa y luminosa de Verónica a través de sus muchos trabajos, personajes y obras. Esa es la Verónica que permanecerá en la eternidad, la que siempre nos acompañará.

Descanse en paz.

 

Imagen de portada: fotografía de El cine en la SER (Cadena Ser)

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