La trinchera infinita: Un talento infinito

 

 

 

Angel Domingo
4 marzo, 2020

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Ángel Domingo despliega toda su perspicacia y sensibilidad para recomendarnos el visionado de una gran película, La trinchera infinita. Una oportunidad de recordar episodios de nuestro más oscuro pasado que, de ninguna manera, se deben olvidar. Evitemos que se repitan, recordemos; imposible perdérsela.

Con argumento aparentemente sencillo, La trinchera infinita (Jon Garaño, Aitor Arregi y José Marí Goenaga, 2020) narra la historia -habitual en los últimos meses de nuestra contienda civil y los primeros del gobierno franquista- de Higinio y Rosa, que llevan pocos meses casados cuando estalla la Guerra Civil, y la vida de él pasa a estar seriamente amenazada. Juntos deciden utilizar un agujero cavado en su propia casa como escondite provisional. El miedo a las posibles represalias, así como el amor que sienten el uno por el otro, les condenará a un encierro que se prolongará durante más de treinta años.

Todo actor y actriz sabe que hacer creíble su personaje es clave para el éxito y todo director, si es bueno, debe saber construir el fondo adecuado para que la trama del relato cautive al espectador.

En esta película ocurren afortunadamente estas dos premisas.

Antonio de la Torre es un intérprete tan excepcional que su mera presencia es suficiente para fijar al espectador en la butaca las casi dos horas y media que dura la película; Antonio lo dice todo con sus ojos alocados. Y Belén Cuesta, ganadora del Premio Goya a Mejor actriz, borda a su personaje como la costurera Rosa; sabe expresar, entre susurros, un sentimiento de derrota fustigante, diseñado por la forma más cruel de ser cómplice de un marido oficialmente muerto, pero al que debe prestar sus ojos y sus oídos ante el mundo exterior.

No es la primera vez que este retrato del miedo es tratado por el cine español. Los girasoles ciegos (José Luis Cuerda, 2008) cuenta una historia parecida ambientada en Galicia.

La concurrencia de tres directores en un proyecto tan intimista como este no parece lo aconsejable; pero los tres jóvenes vascos han sabido unir su talento y realizan una película que no se limita a mostrar un episodio bélico, pues se trata de una historia en la que lo cruel, el odio cristalizado, lo represivo y otros conceptos, como el amor incondicional, nos hacen ver que “la vida que sigue igual” (Julio Iglesias), aunque sea como la de una familia de topos dentro de un agujero.

Paradójicamente, mientras España, prietas las filas, cantaba cara al sol, cientos de españoles no vieron la luz del día en más de tres décadas.

Ojalá, en un futuro no lejano, buenas películas como La trinchera infinita sean consideradas cine de ciencia ficción.                                                                                                

Ángel Domingo Pérez

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