Mundo Yold. Recordamos los inicios del cine en Madrid y su salto a Estados Unidos

San Isidro Labrador trajo el cine a Madrid

Angel Domingo
13 mayo, 2020

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En estas fechas en las que Madrid celebra unas muy particulares fiestas de San Isidro 2020, el cine cumple 124 años de su llegada a la capital. Un 14 de mayo de 1896, el joven francés de 25 años Alexandre Promio, enviado por los hermanos Lumiere para dar a conocer su invento en España, proyectó en la planta baja del Hotel Rusia, ubicado en el nº 34 de la Carrera de San Jerónimo, la primera película que se vio en nuestro país: Salida de los obreros de la fábrica Lumiere en Lyon Monplaisir (Lumiere, 1895). Con nuestro crítico de guardia, Ángel Domingo, repasamos ese mágico momento.

Aquella sesión de la planta baja del Hotel Rusia duró solo 15 minutos y en ella se proyectaron diez películas, como La llegada del tren, El regador regado y Plaza del Puerto en Barcelona (Promio, 1896), la primera película rodada en España. Promio, como primer distribuidor de cine, previamente, se había ocupado de hacer un estreno para la prensa igual que ocurre hoy: el 13 de mayo invitó a personalidades del gobierno y periodistas para dar a conocer su invento.

Aprovechar las fiestas del patrón o las ferias de muchas ciudades supone una especial oportunidad para pequeños empresarios ambulantes que instalan su negocio en casetas, carpas o al aire libre, con precios asequibles para la mayor parte de la población. Con el cinematógrafo no ocurrió así, pues se eligió una elegante sala en un hotel céntrico de Madrid. Por tanto, sus destinatarios eran la clase media-alta, empresarios y altos funcionarios. 

La peseta que costaba asistir a la sesión no estaba al alcance de la mayoría de los bolsillos; la entrada del teatro más caro, la Ópera, solía costar 50 céntimos. Y eran pocos los invitados, salvo alguna excepción. Al estreno del 14 de mayo asistió, en este caso gratis, un sacerdote: Mariano Díez Tobar, padre paúl, científico e inventor burgalés; había regalado sus apuntes a los hermanos Lumiere para construir su máquina tomavistas. En agradecimiento, Promio le invitó al estreno en el Hotel Rusia.

Fachada de lo que fue el Hotel Rusia, en la Carrera de San Jerónimo, con la placa que recuerda la efeméride

Más tarde, este sacerdote aportó importantes ideas para construir la máquina de escribir. No patentó ninguno de sus inventos y daba muchas conferencias en universidades, gratuitamente. Todo un ejemplo de generosidad.

A la derecha, Mariano Díez Tobar

Otro acontecimiento importante fue la sesión privada que el técnico francés regaló, el 12 de junio, a la reina regente, los infantes y ministros. Previamente, el sábado 6 de junio, la Infanta Doña Isabel había asistido de incógnito a una sesión pública y quedó tan impresionada que animó a su madre a solicitar una sesión privada para toda la familia real. Con estos espectadores, el cinematógrafo alcanzó el máximo reconocimiento en España.

Madrileños ante las carteleras cinematográficas

La Infanta Doña Isabel había asistido de incógnito a una sesión pública y quedó tan impresionada que animó a su madre a solicitar una sesión privada para toda la familia real.

Otro de los pioneros del cine fue Eduardo Jimeno, realizador de Salida de misa de 12 del Pilar de Zaragoza (1897), considerada como la película que inaugura el cine español. Posteriormente, Jimeno abriría la barraca de la Plaza de Callao en Madrid, llamada Salón Videograph, a la que acudían los niños madrileños en los primeros años del siglo XX. Más tarde continuó con la apertura de varios cines más.

Eduardo Jimeno

Los orígenes del cine
Sobre el nacimiento del cine, y quien fue su inventor, existen diferentes opiniones; pero hay bastante consenso en que el cinematógrafo nació un 28 de diciembre del año 1895, cuando los hermanos Auguste Marie y Louis Lumiere lo presentaron en sociedad ante treinta y tres personas en el Salón Indio del Gran Café del Boulevard de Les Capuchines de la capital francesa.

Los hermanos Lumiere

Entre los espectadores de esta primera proyección encontramos a un ilusionista y también director de teatro llamado Georges Meliés quien, asombrado ante lo que vio, propuso a los hermanos comprarles la patente por 5.000 francos para poder incluir el cinematógrafo en sus funciones; Auguste y Louis se negaron, argumentando que su invento no pasaría de ser una curiosidad científica que rápidamente pasaría de moda y  arruinaría a cualquier comprador. A día de hoy, sabemos que la preocupación de los Lumiere por la economía de Meliés resultó ser fingida porque ellos preveían que el cinematógrafo les haría ricos; de hecho, a los pocos días de la primera proyección, llegaban a recaudar 2.000 francos diarios.

El famosísimo fotograma de la luna en la película de Meliés

La patente, que marcaría el reconocimiento legal del cinematógrafo, se había producido en febrero del mismo año, en las oficinas de Lyon. Y, los inventores estuvieron muy ocupados en planificar el desarrollo de su negocio; de hecho, el 22 de marzo proyectaron sus primeras películas, entonces llamadas “vistas”. De ahí que la máquina que fotografiaba la acción se llamara tomavistas. Invitaron a un restringido aforo compuesto por importantes funcionarios de la Sociedad de Fomento de la Industria Nacional en París.

Después se ocuparon en mejorar la técnica, tanto de filmación, como de proyección; de hecho, en el humilde estudio de Lyon, ambos hermanos experimentaban con diferentes maneras para rodar las escenas, procedimientos para desarrollar nuevos tipos de celuloide y conceptos como la exposición de las placas o el barnizado; en definitiva, aprendiendo todo lo que había que saber para hacer cine. La luz, en todas sus formas, estuvo siempre detrás de sus inventos.

Pero es justo recordar que el descubrimiento de Lumiere carecería de toda su dimensión si no citáramos a otros grandes aportadores de ideas quienes, gracias a muchos años de investigaciones, les precedieron: Peter Malk Wheatstone (1792-1875), Michael Faraday (1791-1867), Joseph Plateau (1830-1904) y, fundamentalmente, Thomas Alva Edison (1847-1931). Todos ellos hicieron posible, a través de sus experimentos, que luego serían aprovechados por los Lumiere, el descubrimiento del cine.

Salón Indio del Gran Café del Boulevard de Les Capuchines

Contaron con Antoine, el padre de la familia, que era un retratista dotado de gran visión para los negocios; en Lyon abrió un estudio fotográfico, en el centro de la ciudad, y consiguió clientela entre todo tipo de público. Atrajo a la burguesía acomodada de la plaza Bellecour exponiendo sus retratos en el escaparate. Y a los vecinos más populares del barrio de Guillotiére les sedujo mediante la oferta de fotografías de pequeño tamaño, las que hoy llamamos de tamaño carnet, que vendía por un franco la docena. En medio del escaparate lucía un autorretrato con su cámara y equipo fotográfico. Finalmente, Auguste se dedicó a estudiar medicina y biología y Louis se centró en física y química, pero siempre orientado hacia la fotografía.

La expansión y el nacimiento de Hollywood
Aceptado por los franceses el nuevo espectáculo, la firma Lumiere se dedicó a exportar su invento, primero por Europa, y más tarde al resto del mundo.

Edison en su laboratorio

En 1896, el cinematógrafo se instala en Nueva York, y obtiene un clamoroso éxito principalmente entre la población emigrante que acudía poco al teatro debido a la dificultad idiomática, problema inexistente con el cine mudo.

En 1896, el cinematógrafo se instala en Nueva York, y obtiene un clamoroso éxito principalmente entre la población emigrante.

Edison, voraz monopolizador estadounidense -cuando murió tenía registradas más de mil patentes- comprendió que el espectáculo Lumiere suponía la nueva forma de hacer negocio. Reclamó a los franceses el cobro de derechos por lo que decía “eran sus patentes”: lámpara incandescente, distribución de celuloide negativo, grabación de imágenes en movimiento y el rodaje de escenas en toda la Costa Este.

Los enviados por Lumiere se negaron a pagar; se proveían de material en el mercado negro y se declararon productores y distribuidores independientes. El inventor americano pleiteó contra ellos consiguiendo cerca de 500 sentencias a su favor. Los franceses fueron declarados en rebeldía por no acatar los veredictos y seguir con el negocio.

Fachada del cinematógrafo Lumiere

En vista de que la Justicia poco o nada conseguía, Edison contrató lo que hoy llamamos vigilantes de seguridad para defender lo que consideraba su propiedad. Estos vigilantes, con permiso para llevar armas, patrullaban la ciudad de Nueva York buscando los equipos de rodaje ilegales y trataban de impedir su tarea. También anunció gratificaciones para los ciudadanos que delataran si en algún lugar interior, naves industriales o viviendas, se rodaban películas.

El trabajo, para estos cineastas independientes, cada día era más difícil y decidieron emigrar lo más lejos posible del control de Thomas Alva Edison. California, concretamente la ciudad de Los Ángeles, parecían la mejor opción por las condiciones climáticas y sobre todo porque allí las patentes de Edison no tenían valor.

La famosa colina de Hollywood

Eligieron un distrito de la ciudad, con buenas vistas y bastante despoblado en el que crecían muchos acebos, de ahí su nombre: Hollywood. El precio de los terrenos para edificar allá era relativamente bajo. Antes que llegaran los peliculeros, ya estaban establecidos, en el lugar, varios constructores.

En 1906, los independientes se unieron y formaron la primera productora: General Film Company y en pocos años se empezó a hablar de la Meca del Cine con la creación de firmas que aún continúan haciendo cine: Paramount, Fox, Columbia, United Artists, Metro Goldwyn Mayer, RKO…

Ángel Domingo Pérez

Foto de portada: Cine Olimpia en Lavapiés (Madrid, 1916)

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