Mundo Yold. Recordando a la gran pintora y mujer adelantada a su tiempo

Tamara de Lempicka: Mucho más que la reina del art deco

Inés Almendros
9 febrero, 2019

 Número de Comentarios (0)

Osada, independiente, ambiciosa, glamourosa, extravagante y sobre todo, genial artista. Todo ello y mucho más fue Tamara de Lempicka, pintora casi olvidada durante mucho tiempo, cuya obra resurgió gracias al interés de famosos coleccionistas como la cantante Madonna. Una mujer plenamente adelantada a su tiempo, que brilló en el París de las vanguardias y falleció en su amado México. Hoy la recordamos en Gente Yold.

Hasta hace pocos años, el nombre de Tamara de Lempicka apenas si figuraba en los libros de arte. Durante décadas su obra fue ignorada y olvidada hasta que en los años ochenta del pasado siglo sus cuadros se pusieron repentinamente de moda y los coleccionistas -como la famosa cantante Madonna- invirtieron sumas millonarias en su obra. Y es que el tiempo a veces es el mejor crítico de arte, y tarde o temprano pone su luz en las cosas que tienen magia. Es lo que ha sucedido con las pinturas de Lempicka, que casi un siglo después de que fueran realizadas, nos resultan fascinantes. Tan fascinante como fue la propia vida de esta artista excesiva, compleja y genial a partes iguales. 

Tamara en el esplendor de su fama y belleza

De la Rusia de los zares al París de las vanguardias
Tamara, cuyo nombre de nacimiento era Maria Borisovna Gurwik-Górska, pertenecía a una importante y acomodada familia de la burguesía europea. Su padre era un abogado de origen ruso y judío, Borys Gurwik-Górski, y su madre, Malwina Górska, formaba parte de la alta sociedad polaca. Maria supuestamente nació en Varsovia, aunque algunas biografías señalan su nacimiento en Rusia; en cualquier caso, la pequeña se educó en un internado de Suiza, dando muestras desde niña de poseer un fuerte carácter y una innata creatividad.

En Montecarlo, en 1911

En 1912 sus padres se divorcian y ella se marcha a vivir con su acomodada tía Stefa a Rusia, donde compagina una intensa vida social con sus primeras clases de dibujo y pintura. En esos años conoce al exitoso abogado polaco Tadeusz Lempicki con el que se casa en San Petersburgo, en 1916, año en el que también nace su única hija Kizette.

Pintando el retrato de Tadeusz

Pero la vida de lujo y fiestas de la joven pareja queda pronto interrumpida por la revolución rusa. Tadeusz es detenido y sufre torturas en la cárcel de Lubyanka hasta que la propia Maria, ayudada por un diplomático, consigue su liberación.

Tamara, por pura y total necesidad, decide ponerse a trabajar para sobrevivir y dar de comer a su familia. Y para ello recurre a lo único que sabía hacer: pintar.

Tamara y Tadeusz, en 1920, recién casados

Tras huir de Rusia, la familia se traslada primero a Londres y luego a Copenhague, hasta que en 1923 se instala en París. Como les sucede a otros muchos refugiados procedentes de la defenestrada Rusia aristocrática, la situación económica de los Lempicka es nefasta. Tadeusz solo encuentra empleos de baja categoría y modesto sueldo que rechaza sistemáticamente; traumatizado por su paso por la cárcel y humillado por su descenso social, se sumerge en el abatimiento y el alcoholismo.

Una de sus obras más conocidas

Es entonces cuando Tamara, por pura y total necesidad, y aconsejada también por su hermana Adrienne, decide ponerse a trabajar para sobrevivir y dar de comer a su familia. Y para ello recurre a lo único que sabía hacer: pintar. Comienza retomando las clases de arte y pintando retratos en el pequeño piso familiar, pese a la opinión desdeñosa de su marido, que pensaba que su esposa perdía el tiempo. Tadeuzs se equivocaba: solo dos años después, en 1925, las obras de una nueva y flamante artista llamada Tamara de Lempicka triunfan en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París.

Uno de los muchos retratos que pintó de su hija

Una pintora con joyas
Dotada de una sabia perspicacia, Maria también supo crear y gestionar hábilmente una fascinante y novedosa imagen propia: la de una diva moderna, chic y rompedora, pero que al mismo tiempo poseía la clase y elegancia de la aristocracia rusa. Una mujer que aglutinaba cultura, modernidad y glamour al mismo tiempo. Con estas credenciales, Tamara pronto se hace un hueco entre la alta sociedad de la época, donde al mismo tiempo consigue a sus principales clientes. A finales de los años veinte, le llueven los encargos, sobre todo de retratos para acaudalados personajes de la jet parisina.

En 1925, las obras de una nueva y flamante artista llamada Tamara de Lempicka triunfan en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París.

Es en esta época cuando la artista realiza su obra más distintiva y genial: un amplio conjunto de lienzos con un estilo genuino, mezcla de modernidad, seductora estética y buen gusto, pero ejecutados con una magistral habilidad. Sus retratos, tejidos a costa de finísimas y afiladas pinceladas, revelan una intensa capacidad para captar la psicología del personaje.

Telas, joyas, sombreros… son elementos fundamentales en la personal estética de sus obras

La estética de Lempicka fusiona movimientos de la época, -como un suave cubismo-, con un trazado neoclásico y una ejecución realista que da vida a las miradas y hace que las telas casi se puedan acariciar. Sus intensas y contrastadas gamas cromáticas encajan como un guante en cada cuadro. La composición de cada pintura resulta cercana y efectista, con medios planos, como la que ofrecen el cine y la publicidad.

Tamara también cuidaba su imagen personal al detalle

Tamara crea una estética personal, propia, que define su obra: “Mi objetivo era: no copiar, crear un nuevo estilo… con colores luminosos y brillantes, recuperando a la elegancia a través mis modelos”, dijo para definir su trabajo. Lo cierto es que sus cuadros siguen siendo inconfundibles: casi un siglo después de que fueran creadas, las obras de Tamara de Lempicka son fácilmente reconocibles e igualmente fascinantes.

La estética de Lempicka fusiona movimientos de la época, como un suave cubismo, con un trazo neoclásico y una ejecución realista.

La reina de París
Convertida en una de las más famosas socialites de París, Tamara vive a tope y con total intensidad los años de la Belle Époque. Su infinito círculo de amigos y/o amantes incluyen desde banqueros o marqueses a actores o escritores; entre ellos, por ejemplo, el poeta Jean Cocteau, el Conde Voronov, el doctor Pierre Bouchard, o el novelista Gabriele D´Annunzio. Abiertamente bisexual, Tamara también vive sus relaciones amorosas y sexuales con algunas de las mujeres más interesantes del momento, como su amiga Ira Perrot, compañera durante muchos años, o la escritora Natalie Barney.

Retrato de la duquesa de La Salle, de 1925

A sus amigas íntimas, y a su mundo de “amazonas” (como entonces se llamaba a las lesbianas de la época) les dedica muchos cuadros intimistas, algunos con escenas sáficas, que tienen además gran éxito entre sus compradores. Entre ellos, por ejemplo, el Retrato de la duquesa de La Salle, de 1925, que nos muestra a una seductora y poderosa mujer.

La pintora, en aquellos años de París, era una de las principales figuras de un nuevo y revolucionario lobby de mujeres independientes, triunfadoras, cultas y carismáticas.

La belle Rafaela

A veces, Tamara se enamoraba de sus propias modelos: así sucedió con la muchacha (aún hoy desconocida), que sirvió para su serie La belle Rafaela, a la que encontró en la calle. La pintora, en aquellos años de París, era una de las principales figuras de un nuevo y revolucionario lobby de mujeres independientes, triunfadoras, cultas y carismáticas, que abiertamente exhibían su poder, su independencia, su peso en la sociedad y hasta su capacidad de vivir sus relaciones sin necesidad de hombres. Una muestra de esta identidad es su famoso Autorretrato en un Bugatti verde, una de sus obras más icónicas y famosas, en el que se pinta a sí misma rememorando la historia de la bailarina estadounidense Isadora Duncan, que había fallecido en 1927, ahogada por su propio chal que se había enredado en las ruedas de su coche.

Muchacha con guantes

Pero su agitada vida le causaba un continuo conflicto familiar: se divorció de su marido Tadeusz, que estaba cansado de soportar la intensa vida de su esposa. Tenía continuos enfrentamientos con su madre Malwina Górska, que consideraba que era una influencia nefasta para su hija, Kizette. Con la propia Kizette siempre mantuvo una tortuosa relación, tal y como la hija de la artista explicó en su autobiografía, años después. Como otras personas cercanas, de su entorno, Kizzete definió a su madre como una mujer valiente, hiperactiva y de inmensa creatividad, pero con un carácter difícil, amén de caprichosa y egoísta.

Fotografía al estilo hollywodiense

Mujer contra mujer
Tras divorciarse de Tadeuzs, Tamara se volvió a casar con el millonario barón Raoul Kuffner, que era uno de sus admiradores y clientes. Precisamente se conocieron cuando él le encargó el retrato de su entonces amante, la bailarina española Nana Herrera, que triunfaba en París. Tamara encontró en el barón -que por entonces estaba casado- un excelente buen partido, así es que se dedicó a martirizar a Nana, su rival, para alejarla de él. Primero la obligó a posar durante horas desnuda para un retrato en el que la bailarina no quedó precisamente favorecida (puede comprobarse el resultado en la pintura).

Tamara y su marido Raoul, en Venecia, 1962

Después la invitó a posar para otra obra, Grupo de cuatro desnudos, en donde la Herrera salía aun peor parada. Tras el doble disgusto de Nana por las horribles pinturas que Tamara le había dedicado, y las consiguientes disputas con el barón por este tema, la pareja rompió y la pintora pasó a sustituir a la bailarina en el corazón de Raoul. Contrajeron matrimonio en 1933, cuando el barón quedó viudo, y no se separaron hasta la muerte de él. Raoul permitió a Tamara mantener su estilo liberal y sus relaciones abiertas. Además, el matrimonio con un acaudalado aristócrata vino en el mejor momento para Tamara: la crisis económica de 1929 se había llevado por delante a muchos de sus riquísimos clientes y el futuro de su supervivencia como pintora bien pagada por las élites no se veía nada claro.

Santa Teresa de Ávila, uno de las obras realizadas durante su fase mística, en los años treinta

Convertida en una auténtica baronesa y con un esposo acaudalado, la artista ya no tenía que pintar, forzosamente, para ganar dinero. Sin embargo, en esta época comenzó a sufrir una intensa crisis interior, una auténtica depresión, que se refleja en sus obras de la época: los brillantes y glamourosos retratos de antaño pasan a ser sustituidos por imágenes de vocación mística y religiosa.

En Beverly Hills, en 1941

En estos años el mundo se preparaba para un conflicto mayor y Tamara lo supo ver a tiempo: con el auge del nazismo y teniendo en cuenta la ascendencia judía del barón Kauff, convenció a su marido para vender todas sus posesiones europeas y trasladarse a los Estados Unidos, cosa que hicieron justo antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial. Instalados en Beverly Hills, California, Lempicka siguió pintando, pero ya no pudo obtener el éxito de antaño.

Con la esposa de Otto Preminger, 1941

Aunque intentó involucrarse en los nuevos movimientos artísticos, como la abstracción, sus cuadros fueron considerados obsoletos, y ella, una artista de otros tiempos. En los últimos años se dedicaba a realizar copias de bajísima calidad, de cuadros que ella misma había pintado antes. Sin embargo, triunfó como socialité, convirtiéndose en una de las figuras favoritas de Hollywood, y celebrando fastuosas fiestas a las que asistían sus famosos amigos americanos como Greta Garbo, Orson Welles o Rita Hayworth.

En Hollywood se convirtió en una personalidad célebre, ofreciendo fastuosas fiestas a las que asistían sus famosos amigos americanos como Greta Garbo, Orson Welles o Rita Hayworth.

México mon amour
En 1962 fallece Raoul y Tamara se marcha a vivir a Houston con la familia de su hija Kizette, pero la relación madre-hija sigue siendo complicada, y finalmente decide dar otro paso hacia la última parte de su vida, trasladándose a Cuernavaca, México, en 1974, donde viviría el último capítulo de su existencia.

 

En la exposición retrospectiva de 1970

En Cuernavaca, la ya veterana pintora encontró a sus dos grandes amores finales: por un lado, la propia tierra mexicana de la que se enamoró totalmente. Por otra, al joven escultor Víctor Manuel Contreras, que la acompañó en sus últimos años. Recluida en su magnífica residencia de Tres Bambús, que había sido creada por el arquitecto Ignacio Landa para la actriz Barbara Hutton, pasó sus últimos años sin apenas salir, ni ser vista -apenas hay fotos de ella de mayor- con frecuentes visitas de amigos. Falleció de noche, mientras dormía. Su última voluntad fue que sus cenizas se esparcieran en el volcán Popocatepetl. Su hija Kizette y su compañero Víctor (heredero de gran parte de su obra) alquilaron un helicóptero y llevaron a cabo juntos su último deseo.

En 1972 la Galería Luxembourg de París organizó una gran exposición retrospectiva a partir de la cual sus cuadros comenzaron a ser admirados mundialmente.

Antes de morir, Tamara tuvo la dicha de ver como su obra resurgía del olvido: en 1972 la Galería Luxembourg de París organizó una gran exposición retrospectiva a partir de la cual sus cuadros comenzaron a ser admirados mundialmente. Hasta ese momento, la obra de Tamara de Lempicka y su influencia en la estética de la época habían sido prácticamente ignoradas. En parte la culpa de esto la tuvo la propia Tamara: durante su época dorada en París, la artista vivió al margen de los movimientos de vanguardia y del mundo artístico en general.

Dormir, 1933

Mucho más interesada por satisfacer a sus acaudalados clientes, y por disfrutar la vida al máximo, ignoraba por completo al resto de artistas, pintores y críticos que, de alguna forma, la tildaron de excéntrica aristócrata que pintaba por dinero, y no por amor al arte. Puede que su planteamiento, un tanto frívolo, influyera decisivamente para que su nombre no fuera tomado muy en serio y quedase apartado de la crónica histórica artística de la época. Pero tampoco hay que olvidar que Tamara era mujer, y que la historia, en general, dejó poco espacio para el recuerdo de las féminas de la época, por mucho que estas hicieran.

Tuvo que ser el tiempo, que siempre pone las cosas en su sitio, el que volviese a hacer brillar la obra de Tamara de Lempicka. Tras la exposición de 1972, sus cuadros pasaron de venderse por unos pocos miles de dólares a subastarse por millones. Una de sus más famosas coleccionistas es la cantante Madonna, que posee una importante colección de cuadros, y que además ha reconocido la influencia de la pintora en su vestuario y en algunos de sus más famosos vídeos. Las exposiciones de su obra recorren el mundo, con éxito multitudinario. Los críticos de arte reconocen su trabajo, y el error de haberla ignorado durante décadas. Un siglo después, Tamara triunfa como nunca, y su obra y su vida siguen fascinando. Genio y figura…

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies