Mundo Yold. Rescatamos, gracias a la serie Rebecca, la figura de las damas de compañía

Las damas de compañía: mujeres que distraían y vigilaban a otras mujeres

Carmen Matas
30 noviembre, 2020

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El estreno de la nueva versión de Rebecca, -el clásico de Hitchcock-, nos trae a la memoria el antiguo oficio de “damas de compañía”, uno de los pocos empleos femeninos permitidos en la antigüedad.  Dado que no estaba bien visto que las mujeres de alcurnia fuesen solas por el mundo, la familia contrataba a otras señoras como acompañantes; de esa forma, además, los padres se aseguraban de que sus jóvenes hijas no cayeran en la “deshonra”. Alguna de las escritoras más famosas, como las hermanas Brontë o Louise May Alcott, tuvieron que ejercer este extraño trabajo de “amiga de alquiler”, que inspiró también  muchos personajes literarios.

Ser dama de compañía ha sido un oficio recurrente hasta nuestros días, y servía, básicamente, para evitar que las mujeres de alcurnia no andaran por el mundo “solas”, y también, por tanto, para evitar que fuesen independientes y disfrutasen de su libertad. Y es que, hasta hace poco tiempo, el hecho de que una mujer de buena reputación anduviera o viajase sola no era aceptable. Pero todo cambiaba si iba acompañada por otra mujer: las dos juntas podían salir sin problemas, ir a tomar el té, a pasear, de compras e incluso hacer turismo y viajar a países lejanos. Esta es precisamente la historia de Mrs. de Winter, la protagonista de Rebecca (la clásica película de Hitchcock, recientemente versionada en Netflix), en la que se cuenta cómo una joven culta, hija de un pintor, pero carente de fortuna, se ve obligada a trabajar como la dama de compañía de la rica, pero totalmente insoportable, Mrs. Van Hopper, con quien viaja por Europa. En resumen, la dama de compañía era una especie de “amiga de alquiler”, contratada para distraer a las señoras de la casa, pero también para vigilar a las más jóvenes. Gente Yold publicó una crítica a la película homónima: https://genteyold.com/las-actrices-lo-mejor-para-lucir-esta-rebecca-modelo-2020/

Fotograma de Rebecca, con la futura Mrs. de Winter acompañando a la insufrible Mrs. Van Hopper

Damas de compañía, salvadoras de reputaciones
De alguna forma, el hecho de disponer de una dama de compañía ya garantizaba a la mujer honor y respetabilidad. Por ello, las familias adineradas obligaban a las jovencitas a ir siempre acompañadas por una señora -normalmente mayor-, cuya principal misión era ejercer de vigilante para evitar que la muchacha se juntara con quien “no debía”; y por supuesto, que hiciera de carabina para evitar encuentros y relaciones con el otro sexo. Una discusión clásica en una familia victoriana era que las jovencitas querían escoger a sus propias damas entre sus amigas, para compartir confidencias y secretos, divertirse y gozar de cierta libertad. Pero, evidentemente, los padres solían decantarse por señoras mayores, muchas veces viudas o solteras, estrictas y bastante poco comprensivas.

Evitar encuentros como este era el objeto de la estricta vigilancia

Además de dar compañía a las señoras y vigilar a las más jóvenes, las damas de compañía también solían ser contratadas por mujeres solteras que vivían solas, así como por viudas; e incluso, también, por mujeres casadas que vivían con su marido y sus hijos, pero no habían tenido hijas y añoraban esa compañía. Y era muy frecuente que una mujer soltera, que vivía con su padre, contratase a su propia dama de compañía.

Muchas veces, las damas de compañía eran familia de las señoras a las que acompañaban, quienes pagaban su mercenaria presencia con algo de dinero, casa y protección. Ser asistida por  una dama de compañía podía tener ventajas e inconvenientes: al pagar a una mujer como compañera, se compraba cierta asistencia y ayuda, conversación, y una amistad (no siempre fiable); pero sin duda, se adquiría libertad e independencia para moverse y desplazarse.

Muchas señoritas de buena familia, si no se casaban, se veían en la necesidad de tener que buscar alguno de los pocos empleos admitidos para ellas.

Aunque, a veces, tener una compañía impuesta y obligada podía ser una auténtica tortura. Había mujeres forzadas por sus familias o maridos a vivir permanentemente acompañadas por auténticas pelmazas, aburridas, o chivatas que fiscalizaban todo lo que hacían para narrarlo a sus pagadores. Y por otro lado, también estaban las acompañantes que, para sobrevivir, se veían abocadas a convivir y a aguantar día tras día a señoras detestables y tiranas.

Ricas que necesitaban a ricas menos ricas
El término de dama de compañía nació en el Reino Unido en torno al siglo XVIII y estuvo en uso hasta aproximadamente mediados del siglo XX. Pero la costumbre de las acompañantes viene de mucho más lejos; de hecho, la versión más antigua fueron las damas de honor de la corte, que acompañaban a las reinas y se convertían en sus amigas y confidentes.

Al igual que las institutrices, las damas de compañía no eran consideradas sirvientas, aunque tampoco se las trataba como iguales. Solo se podía escoger a mujeres de una clase social similar, o ligeramente inferior a la de la persona para la que trabajaban. En la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, e incluso bien entrado el siglo XX, este oficio era uno de los pocos admitidos para que las mujeres de clase alta pudieran ganarse la vida sin perder su estatus social.

Las damas de los siglos pasados solo podían juntarse con otras damas

El papel de las damas de compañía se basaba fundamentalmente en pasar tiempo con sus señoras: brindándoles compañía, conversando, entreteniendo a los invitados, acompañando en eventos sociales y viajando con ellas por el mundo para que no lo hiciesen solas. A cambio, la dama de compañía contaría con una habitación en la zona familiar de la casa -como un miembro más-, se le proporcionarían todas las comidas -que compartiría con su señora- y se le pagaría un pequeño salario.

Las condiciones de las acompañantes podían variar mucho según la familia; en la mayoría de las ocasiones, sus obligaciones eran menesteres tan agradables como charlar, leer, tocar el piano y, por supuesto, ir siempre con la señora de la casa. Pero en algunos casos (en el de las familias menos pudientes), las damas se debían ocupar también del armario de su empleadora, así como de su correspondencia, peinado, manicura y arreglo en general, etc. Nunca se exigía a las damas de compañía la ejecución de ningún tipo de tarea doméstica, más allá de dar instrucciones a los sirvientes, coser y servir el té.

Solo eran aptas para estos puestos mujeres de una clase social similar o ligeramente inferior a la de la persona para la que trabajarían.

Escritoras que fueron acompañantes
En los siglos XVIII y XIX, el oficio de dama de compañía entre las familias de la nobleza y la burguesía más adinerada alcanzó su máximo apogeo. A la necesidad de las familias acomodadas de buscar acompañantes para sus mujeres se unía el hecho de que, muchas señoritas de buena familia, si no se casaban, se veían en la necesidad de tener que buscar alguno de los pocos empleos admitidos para ellas, ya que no podían trabajar, ni siquiera recibían la parte de herencia paterna, porque todos los bienes solían recaer en los hijos varones. Por ese motivo, las mujeres intelectuales -casi siempre procedentes de una familia que había podido permitirse dar una educación a sus hijos, pero sin los suficientes recursos económicos- solo podían optar a casarse con un hombre rico -que respetase su profesión y consintiese financiarla- o convertirse en institutrices o damas de compañía.

Las hermanas Brontë, que también tuvieron que acompañar a otras damiselas para ganarse la vida

Es por eso que muchas conocidas literatas de la época tuvieron que trabajar como damas de compañía. Es el caso, por ejemplo, de las hermanas Anne, Charlotte y Emily Brontë, escritoras inglesas del siglo XIX, autoras de grandes obras como Jane Eyre y Cumbres borrascosas.

Las hermanas Brontë, grandes escritoras del siglo XIX, tuvieron que recurrir al oficio de damas de compañía.

Mary Wollstonecraft, pionera universal del feminismo, madre de Mary Shelley y, por lo tanto, “abuela” de Frankestein

También pasó con la escritora y filósofa inglesa Mary Wollstonecraft (madre de Mary Shelley), una de las grandes referencias del feminismo moderno. Antes de convertirse oficialmente en escritora, Wollstonecraft trabajó como institutriz para la familia Kingsborough, en Irlanda. Algunas de sus experiencias  durante ese tiempo luego fueron reflejadas en su único libro de literatura infantil, Relatos originales de la vida real. (Gente Yold publicó un artículo sobre ella y su obra, “Vindicación de los derechos de la mujer” (1791), que se considera el primer manifiesto del movimiento feminista de la historia: https://genteyold.com/mary-wollstonecraft-mary-shelley-vindicacion-derechos-mujer-frankestein-feminismo-anos-experiencia/).

Amy, la hermana menor de la novela Mujercitas, acompañando a su insufrible tía March

Lo mismo le sucedió a Louise May Alcott, la autora de Mujercitas, que igualmente tuvo que trabajar como dama de compañía en su adolescencia. Una experiencia que posteriormente reflejó en su obra más conocida, en la que el personaje principal, Josephine March, y más tarde, su hermana menor Amy, ejercen como damas de compañía de la cascarrabias tía March.

Maggie Smith, pariente pobre y dama de compañía de Helena Bonham Carter en Una habitación con vistas

También en la ficción
Y es que las damas de compañía han inspirado a muchos personajes en obras literarias de todos los tiempos. Agatha Christie, por ejemplo, recurrió a esta profesión para muchos de los personajes femeninos de sus misterios. Es el caso de Miss Gilchrist en Después del funeral. Asimismo, la señorita Taylor, uno de los principales personajes de la novela Emma de Jane Austen, vive con los Woodhouse: “menos como institutriz que como amiga”, según relata la propia obra. Y, ¿cómo olvidar la encantadora pareja femenina de la película Una habitación con vistas (Un romance indiscreto), formada por la joven inglesa Lucy Honeychurch (Helena Bonham Carter ), y su prima y dama de compañía, Charlotte Bartlett (Maggie Smith)?

Heidi en realidad era una pequeña dama de compañía

Incluso uno de los personajes más importantes de nuestra infancia Yold, la pequeña Heidi, era una pequeña dama de compañía, ya que se trata de una niña que es sacada de su casa, en los montes suizos, a la edad de ocho años para convertirse en la compañera de la inválida Clarita, en Frankfurt, Alemania.

Con los años, el progreso de los derechos de la mujer acabó también con la prohibición no escrita de no poder andar solas por el mundo y, por tanto, la figura de las damas de compañía fue despareciendo, o han sido sustituidas, -en los casos en los que son necesarias-, por auténticas profesionales como cuidadoras, enfermeras, asistentes, secretarias o incluso vigilantes de seguridad. Pero, afortunadamente, muchas mujeres en nuestros días podemos movernos y viajar por el mundo, haciendo uso de nuestra independencia y libertad, al margen de nuestro estatus social. Y lo más importante: podemos elegir la compañía que realmente queremos y necesitamos, sin que nadie nos tenga que imponer una “amiga de alquiler”.

Hoy esto nos parece una tontería, pero seguro que muchas de aquellas mujeres obligadas a acompañarse mutuamente lo hubieran dado todo por disfrutar, tanto de nuestra libertad de movimientos, como de nuestra libertad para escoger la compañía.

No lo olvidemos.

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